
Él tenía chaleco, galera y un reloj de bolsillo. Yo tenía muchas ganas, juventud, dos dudas y un sentimiento muy intenso de que se me estaba haciendo tarde. No es que hubiera perdido mi tren, en verdad hacía tiempo no me tentaba ningún tren...había dejado mi lugar en el andén para que lo ocupara cualquiera que necesitase seguir agitando el pañuelo. El sentimiento recaía sobre mi eterna impuntualidad: haber llegado muy jóven o muy vieja a los momentos que me exigían tomar decisiones. Verlo otra vez, sentir este déjà vu, explotar por dentro... todos indicios de que tenía que seguirlo.
...
Cuando terminé de caer no fui ni muy grande ni muy chica.
Después de horas de recorrer(me), llegué a la hora del té (que eran todas las horas). Me excusé con falsa formalidad por la tardanza, pero las personas que me esperaban entendían de las distracciones del camino. Primero unté reproches en panes de odio, agregué algo de culpa a mi taza de placer y sazoné los aperitivos de rechazo, con algo de pertenencia. Después, abrí los ojos y me encontré ahí. Además de maravillas, el país también tenía lucha, conflictos de intereses, aliadxs y enemigxs.
No faltó quien pidiera mi cabeza y yo la entregué sin ningun resquemor. El problema en Sí era la Reina, pero en Mi era la solución. Perder la cabeza sólo sería una pérdida para el sobrerero, una clienta menos...para mí era una liberación. Desde que vi pasar al conejo blanco andaba con ganas de perder la cabeza por alguien.
Empezaron por la nuca, pero de ahí no pasaron. Cuando los naipes supieron que se podía mezclar y barajar de nuevo, decidieron inmediatamente servir a otras causas: algunos se hicieron ingenieros, otros reparadores de calzado y hay quienes dicen haber visto por Florida a una 9 de pica como vendedora ambulante.
En cuanto a mí, sigo acá...esperando que nadie me venga a buscar. Me cuentan que cada dos o tres semanas alguien pregunta por mi paradero. Escuchan la respuesta y creen una mentira, pero a la vez crean una mayor:
"pobre...está sola"