La Honestidad Brutal tiene el valor de lo no dicho durante mucho tiempo, de lo que queda entre dientes cuando no queda nada. La honestidad es brutal como lo es también un balde de agua fria una tarde de calor, generando satisfacción de estar en la sinceridad (y algo refrescada/o) pero no sin antes ofrecer algo de resistencia. La Honestidad es Brutal, por ejemplo, cuando leemos que las mujeres, jóvenes y niñas desaparecen de a centenares en manos (garras) de las redes de trata y aparecen solo de a decenas. También es brutal la honestidad de la mujer que termina prostituyendo su cuerpo (y las entidades no-físicas que éste contiene) como única salida de la exclusión en situación de vulnerabilidad.
Sin embargo, vale la pena aclarar que no siempre la Brutalidad es Honesta. Hoy me disponía a desayunar café con noticias y galletitas cuando una en especial me terminó de despabilar (no hablo ya de galletas). Una
nota de lo más ilustrativa en Sociedad de Página12. (tiempo muerto para que lean la nota). El intentendente de Lonquimay, localidad de la Provincia de La Pampa se niega a cerrar un prostíbulo de sus pagos (que en sí mismo a estas alturas , mejor dicho latitudes, no es noticia) alegando que es un lugar "de esparcimiento para jóvenes y camioneros" y elevando la figura del cabaret prácticamente al de una institución de bien público.
La honestidad de nombrar a las cosas por su nombre (evitando los inútiles eufemismos de "whiskería", "alternadoras", "servidoras de copas") no alcanza para contrarrestar la brutalidad de las palabras, producto de un análisis de la situación que invisibiliza la realidad de las mujeres que están detrás de ese
esparcimiento.
"El cabaret es un lugar de contención, mucha gente que está sola, lejos de sus domicilios busca pasar un rato de esparcimiento" (sic). Habría que poder pensar que en ese lugar sí hay mucha gente que está sola, sí hay mucha gente que está lejos de sus domicilios y sí hay mucha gente que necesita contención, pero no me refiero justamente a los hombres dispuestos a consumir prostitución, sino a las mujeres a las que no escuchamos su voz, mujeres como la que escapó de ese cabaret denunciando que la obligaban a prostituirse, mujeres cuyos cuerpos vemos cotideanamente en los papelitos de los teléfonos públicos de Buenos Aires, pero pareciera que no basta para preguntarnos qué dirían si escucháramos su voz.
Y cuando le preguntan acerca de la trata de personas de esa localidad contesta brutalmente "en un cabáret hay códigos" y nunca tan cierto. Códigos macabros, códigos implícitos con un Estado ausente, y también explícitos con un Estado cómplice. Códigos que silencian parte de la realidad.
Por último los dejo con una reflexión del Intendente:
"Un cabaret es un lugar de esparcimiento, nada más. Porque acá no hay alternativas de esparcimiento". Tratando de entender esa brutalidad deshonesta de que el génesis del hombre-prostituyente es el ocio, propongo hacer una vaquita para poder llevar un Circo a Lonquimay, o una biblioteca popular, o un teatro de títeres, o llevar hasta allí los juegos olímpicos del 2012, o asegurar juegos de mesa en cada casa. Pero, sobre todo, propongo que nos detengamos ante este tipo de noticias (¡Ojalá fuera solo ese prostíbulo, solo en Lonquimay, solo ese hombre!) y nos demos cuenta de cuánto nos falta en materia de Honestidad...