Cuando te enterás que Steven Spielberg produce una película escrita y dirigida por el creador de LOST (J.J. Abrams), lo que vas a obtener son muchas expectativas. Si después sabés que se trata de un grupo de niños que filma una película casera de zombies en 1979, no tenés más que hacer que dejarte llevar por el impulso inmediato de ir a verla. Y Super 8 no solo NO decepciona, sino que retribuye holgadamente tanta ficha puesta sobre ella. Con una idea simple pero efectiva, consigue encantar por los detalles y obnubilar por la realización de las escenas. Nos mantiene encendidos los 112 minutos, nos mantiene emocionados, nos mantiene niñxs.
La ciencia ficción no es lo (único) que nos atrapa pero sí lo que nos envuelve. Son los personajes, con toda su humana realidad, lo que le agrega una estrella más a la calificación de esta película. La convicción de Charles (Riley Griffiths) de saberse un cineasta, la sensibilidad de Joe (Joel Courtney) para afrontar su realidad y las particularidades de Martin y Cary son LA riqueza de Super 8. Una mención aparte merece la lucidez actoral de Elle Fanning (que nada tiene que envidiarle a su hermana Dakota) que se roba los primeros 15 minutos de la película.
Ninguno de los personajes de la película necesita de los extraños sucesos (que comienzan a suceder en la ciudad) para canalizar sus conflictos internos. No. En su mundo pre adolescente siguen con sus altercados, sus amistades, sus diferencias, sus heridas abiertas, sus enamoramientos, sus desamores, sus convicciones, sus decepciones, sus peligros… Y la historia allá afuera no es más que un buen telón de fondo para que ellos puedan seguir creyendo (y creando) sus propias ficciones.
Las críticas menos generosas le achacan que tenga algo de Montesco – Capuleto, mucho de Stand by me (Cuenta conmigo – 1986) y demasiado de E.T. Pero a pesar de eso (¿por eso?), es muy refrescante. Relatar una película en la clave de la ciencia ficción, poblarla de personajes que en otra historia serían loosers y esperar un final feliz, no es la cumbre de la originalidad. Sin embargo, en un campo minado de lugares comunes, Super 8 logra impactar y no precisamente por la grandilocuencia, sino más que nada por apelar a lo micro…
El hallazgo en esta película es que te hace acordar a momentos que nunca viviste. Incluso que mi generación entera no vivió (la ropa de los ’80, el nacimiento del walk-man, los éxitos musicales, los cartuchos de super 8 de Kodak…).Y así el Ohio de la película bien pudo ser cualquier lugar, cualquier barrio, cualquier pueblo, donde pasamos esos años, sabiendo que el límite NO era el horizonte. Ese lugar al que seguimos recurriendo cuando un excelente film como Super 8 nos lleva y trae sin escala.