martes, 13 de diciembre de 2011

Querer querer

“Sí, tenías razón… ya éramos demasiado grandes para seguir creyendo en el amor.“

Joaquín sabe lo que quiere. Y sabe lo que quiere porque siente el peso de la falta, cuando el lo-que-quiere coincide con el no-se-puede. Joaquín quiere ser feliz, quiere estabilidad laboral y tranquilidad afectiva, quiere ir al cine una vez por semana, cambiar el auto cada dos años, conocer bien el país antes de conocer Europa; quiere mates amargos a la mañana y silencio de tumba mientras lee el diario; quiere poder… Joaquín quiere. No es de ahora, siempre lo supo, incluso apenas se instaló en el monoambiente de Congreso, donde ni siquiera ordenando bien todos los cachivaches había espacio suficiente como para acomodar sus sueños. Pero irse de La Matanza era lo que quería, y lo consiguió, así que cualquier cola de ratón porteña iba a ser mejor que su cabeza de león conurbana. Hoy sus metas son un poco más lejanas y lo sabe, pero no por eso va a renunciar a ellas. Joaquín quiere tener más y ser mejor que todos los joaquines que fue. Ah, y Joaquín quiere un novio.

Es lo mismo que quería cuando conoció a Hernán. Sí, porque un día se conocieron, todo tiene un principio aunque a veces lo cotidiano parezca eterno. Hubiera sido lindo que la historia empezara en el eurotren o al menos con miradas en el subte, o sino en alguna playa paradisíaca o perdidos en las montañas… Pero no, el día que su relación fuera llevada al cine, pensaban, de seguro le inventarían un principio mejor. Se conocieron en “el ambiente”, esa palabra que Joaquín tanto odiaba por estar llena de vacío, de caretaje, de frivolidad, de chusmerío, de vieja de ruleros, tan llena de tipos como Hernán. Era un boliche gay nuevo, “Wet”. Justo cuando Joaquín fue a la barra a pedir un Gin Tonic que lo ayudara con su inhibición, Hernán fue a la barra a buscar un polvo que lo ayudara con su soledad. Ninguno de los dos era el chico ideal para el otro y ambos lo sabían, pero se gustaban… Joaquín tan Gin Tonic y Hernán tan Speed con vodka, pero se gustaban… El traje de “amor a primera vista” le quedaba MUY grande a la situación, pero algo se dio, algo se encendió, algo se gustaban…

Quizá porque las cosas que te atraviesan nunca pierden tiempo en pedirte permiso, Hernán ascendió de chongo a novio con la misma rapidez con la que después pasó a ser concubino. Las constantes decepciones mutuas eran tan evidentes que no hacía falta explicitarlas. Querían tanto ser felices que quisieron desoír toda diferencia, que cuanto más acallaban, éstas más gritaban. A Hernán el deseo era algo que no le duraba más de 15 minutos y cumplido o no, éste saltaba rápidamente de un objeto a otro. Una vez que tenía chiche nuevo, poco importaba que el mundo llegara a sus pies a cumplir su deseo anterior. Y Joaquín, que sabía lo que quería y lo que quería era un novio, cumplía caprichos y cedía ante el primer pero. Funcionaba: a Hernán le gustaba recibir, a Joaquín le gustaba dar y estaba dispuesto a dar TODO. Llegó el día en el que ni siquiera debía pagar a cambio el precio de la monogamia. Del tira y afloje solo jugaban al tira y jugaban bien, osea jugaban mal. Los dos perdían pero distintas cosas. Joaquín lo que perdía eran las ganas de buscar el amor verdadero en otro lado y así seguía, creyéndose enamorado y queriéndose amado.

Hernán con su insatisfacción crónica y Joaquín con todo el deseo de hacerlo feliz, jugaron a la casita durante 9 meses. Aceptar la incompatibilidad y separarse sonaba lógico y hubiera estado bien como para un primer amor. Pero Joaquín pese a su juventud era ya un experto quimeras y Hernán iba a ser su fracaso número 8, no podía desprenderse tan fácilmente de la foto familiar que había armado, no, no otra vez. Tanto quería creer que eso era amor, tanto quería saberse apto para las relaciones de a dos… Fue Hernán el que tomó la decisión de terminar, y no le fue difícil. Para cuando fue a decirle a Joaco que la historia se acababa, de él ya quedaba muy poco (algunos tibios reproches y dos o tres falsas esperanzas). Las historias de los finales suelen ser contadas en episodios más largos de lo que ameritan. Lo que antes estaba, ya no está más y lo que queda, queda… quizá para siempre, quizá por un rato.

Hoy Hernán tiene un nuevo trofeo, lejos de ser su chico ideal, pero también lejos de ser su peor-es-nada. Y Joaquín… Joaquín sigue queriendo…