miércoles, 26 de diciembre de 2012

Infinales



En 7mo grado, cuando las cosas se ponían difíciles en mis producciones de castellano, siempre podía usar un último recurso: “Confuso y algo mareado, sintió su cuerpo transpirado, su corazón acelerado y el sonido de las bombas aturdiendo todavía sus oídos. Pero para su sorpresa, lo que estaba debajo no era ya el campo de batalla, sino su colchón. Miró a su alrededor buscando a sus compañeros muertos, pero solo encontró su habitación. Todo había sido no más que un mal sueño…”. No importa cuán intrincado haya sido el conflicto del personaje, todo se iba a resolver. Si no era por la fortuna, era entonces porque directamente no había existido problema alguno. No es que a los 12 años creía que todos los finales tenían que ser felices. El problema era que no sabía cómo estructurar en la narración un final de otro tipo. 
Si hubo una generación que fue educada por la televisión, me lamenta entender que la mía dio un paso más (menos): Fuimos educados por la publicidad. Y ahí no solo no hay lugar para el fracaso, tampoco hay lugar para la tristeza, el sinsabor, el silencio, el ruido, el desorden, la soledad, lo que está en el medio.
Pensar que del éxito solo nos separa la acción, la etapa ejecutiva, es creer que hay un solo e inequívoco camino. Que podrá postergarse, detenerse y retomarse, ser cuesta arriba, pero que llega. Y vamos a llegar porque así está escrito, para eso vinimos a jugar. Y hay que creerlo así. Y así va a ser. Por más que nos encontremos en el más pantanosos de los senderos, algún detalle del que no nos percatamos va a virar nuestra fortuna de un momento a otro. Cuando estamos contra las cuerdas, algún personaje que no sabíamos que estaba en el lugar, le va a lanzar un daga a nuestro agresor y terminamos victoriosos. Y como éstas, miles situaciones donde un as baja la manga nuestra o de alguien, nos salva en el episodio final.  
Nos creemos tan protagonistas de nuestra propia vida, que está clarísimo que estamos condenadxs al éxito. Es como si Leonardo Di Caprio hubiera perdido el partido de poker y no hubiera subido al titanic: si es el protagonista, obviamente no va a fracasar en la primera escena, porque no habría más película. Creemos que somos Harry Potter, que si bien estamos siendo puestxs a prueba todo el tiempo, al final vamos a despertar en la enfermería junto a nuestros amigos que nos van a contar que ganamos el partido de quidditch, vencimos las fuerzas oscuras de Lord Voldemort, la chica que nos gusta nos da bola y el director de la escuela nos va a felicitar por algo.
Bueno, sucede que no es así. Créase o no: podemos fracasar. La vida es mucho más que el escenario para ser protagonistas y es por esto que no siempre vamos a ganar. Mientras nos sentimos héroes y heroínas, nos alejamos de la duda para aferrarnos a la certeza del éxito seguro. Y el fracaso, que es algo ocurre, nos agarra desconcertados. No nos formaron para eso y no podemos aceptarlo. Seguimos esperando ese último giro en el argumento que no va a ocurrir, no hay sorpresa a lo último, ya está, acabose, finito. Nadie nos preparó para perder, nos criaron para ser Harry Potter, pero nos tocó ser Cedric Diggory. Pensábamos que teníamos la mejor mano para ganar, pero algo nos arrebato el destino que creíamos merecer.
En el trabajo, en el estudio, en el amor, con amistades, en el deporte… a veces no se da. Y al final, perdemos. Tampoco significa que estamos destinadxs al fracaso, significa que vamos a fracasar y tendremos que hacer cuerpo a esa realidad. Yo lo asumí y nos invito a reurnirnos todxs, con todos nuestros fracasos. Queda así fundada “Agrupación Diggory” o amistosamente: “La Diggory”.