miércoles, 4 de abril de 2012

Te quiero normal

Jugá callado. No levantes la voz. Tratá de pasar desapercibida. Vestite a la moda. Estudiá. Trabajá. Buscate un novio. Quedate tranquilo y no hagas lío. Cortate el pelo. Sé madre. Leé las instrucciones. Seguí las reglas. No me contradigas. Dejate crecer el pelo. No desordenes. Respeto. Valores. Reglas.

Y así crecemos y nos multiplicamos. Y (nos) reproducimos lo que comimos cuando crecimos y dijimos que no nos íbamos a repetir. Porque esperan de nosotrxs que seamos supranormales: normales sólo no alcanza, tenemos que además de ser, parecer normales, predicar normalidad y vigilar la paz de la normalidad ante la inminente ofensiva del terrorismo de lo diferente. Y por normal, claro está, me estoy refiriendo a común, a frecuente, a masivo, a copiado, a imitado.
Esperan de nosotrxs no solo lo que HAY que hacer, también en el momento en que HAY que hacerlo, para no padecer inmadurez, para no quemar etapas, para no mantener distancia de la manada.

Sé normal. ¡Y guarda a quien quiera desafiar tan forzoso destino! Para no dar ideas, abundan los cuentos con moralejas sobre aquellxs que no siguieron el mandato. En esa línea están las leyendas (con)urbanas sobre esos primos que se quedaron cuidando a familiares, para que ni uno ni otro envejeciera solos.

Pero ¿dónde entra el fanatismo por el/la que sobresale? Jugadores diferentes, personas especiales, rupturistas, inventores, destacados…

Todxs ahí entremezcladxs y revueltxs, aplaudiendo a Steven Jobs, pero presionándote para que estudies Derecho. Está la maestra de plástica, fascinada por las vanguardias artísticas del siglo XX, que te reta por pintar más allá del borde. Los docentes que hablan en primera persona del plural para referirse a los tres nóbeles argentinos en ciencias, pero te exigen que repitas de memoria las teorías actuales. El primo al que le sobran hijos y te pregunta para cuando el casorio, pero que envidia profundamente a ese tío barrilete que nunca se casó y sigue cautivando a la platea femenina.

Quieren encontrarnos justo en el centro de la campana de Gauss y nos educan para eso. Incluso nos malcrían para eso. Pero nos inculcan ídolos que fueron/son seres diferentes. La sociedad te exige que seas parte de la media, pero después espera de vos que resaltes.
Y cuando tu plan requiere dar ESE salto hacia el desvío no estándar, la respuesta habitual es: “No vas a poder”. Cuando en realidad quieren admitir “Yo no pude” o “La mayoría no puede”. Y así, es más difícil salir de un avión en pleno vuelo, que salir de la campana de Gauss.