martes, 14 de mayo de 2013

ella

la autora de este blog es prescindible
su escritura pretenciosa
su originalidad despreciable
sus errores son enormes
su aspecto insignificante
su valor es casi nulo
y el casi está de más.

por su falsa modestia
dice que vale menos de lo q parece
pero no le crean,
vale mucho menos aún.

la autora de este blog prefiere no opinar sobre la palabra "merecer"
porque merece mucho menos de lo q tiene y no al revés.

la autora de este blog no está
ni cerca de generar lo que cree que provoca.

no está a la altura,
no lo vale.

domingo, 13 de enero de 2013

Veneno



Me hiciste odiar el chocolate. Y a mí me encantaba el chocolate. Pero lo odié apenas vi por primera vez cómo mirabas mis caderas cuando notaste que iban ensanchándose. El autor material de ese hecho no podía ser otro más que el chocolate, si por vos comía sano, dejé la coca cola común, me pasé al bando del aceite de oliva y me había olvidado del sabor de las papas fritas. Pero nunca dejé de comer chocolate después de cenar. Y vos, con tu doble discurso sobre la belleza real pero con esa mirada… me hiciste odiarlo.
Me hiciste odiar a Roberto Arlt. Nunca supe mucho de literatura, pero me gustaba Arlt. Y no pude defenderlo cuando acusaste a sus hojas de desprolijas, sus personajes de chabacanos y a sus lectores de mediocres. Vos eras una puaner total, seguro tenías razón.
Me hiciste odiar a mi mejor amigo. Terminé creyendo que él me ponía en tu contra agarrándose de 2 o 3 episodios aislados que había presenciado, cuando, es cierto, un arrebato de ira puede tenerlo cualquiera. También me hiciste odiar a tu mejor amigo, porque era él el que te llevaba a bailar a los boliches gays. Siempre elegí no saber por qué volvías con una sonrisa, aunque me despertabas a la madrugada diciendo que te habías aburrido, que tu amigo se portó como una loca mala, que los tragos eran fuertes y la música era cara o algo así… Me hiciste odiar a tu ex novia y también a tu futura novia (que seguro iba a ser una de tu círculo de lectura). Me hiciste odiar a Darío, que aunque vos no lo conocías y tu grado de heterosexualidad era inexistente, representaba al novio ideal para vos.
Me hiciste odiar el alcohol, que según vos era el culpable de que me comportara como una pendeja en las cenas con amigos. Me hiciste odiar el sexo y preferí evitarlo antes que enfrentarme otra vez a tus gemidos fingidos, a tu insatisfacción, a mi frustración. Me hiciste odiar mi trabajo en el call-center, porque me sacaba tiempo para poder convertirme en la novia que quería ser. Me hiciste odiar mi corte de pelo que al principio te había gustado, pero cada vez que me miraba en el espejo entendía por qué no te generaba ganas de acariciarme. Me hiciste odiar mi risa.
Cuando no quedó más remedio, me hiciste odiarme a mí entera, por seguir rebajándome para que no me dejaras. Cuando no quedaron más chivos expiatorios entendí que era mucho más fácil detestar mi personalidad dependiente y mi enamoramiento tormentoso. Y ahí ya no quedó nada en pie para seguir defendiendo, para seguir intentando, para seguir culpando siquiera. Ya te habías llevado de mí hasta mi capacidad de odiar, cuando mi poder de querer era tuyo hacía mucho tiempo.
Hubiera sido más fácil odiarte a vos. Pero nada de vos me molestaba, nada de vos me rozaba. Nada de voz me quedaba para odiarte cuando se me fue a fuerza de gritos por quererte así.